Un último vistazo

Podría decirse que fue aquella noche cuando empezó todo, tecleando perezoso algunas palabras sin sentido con aquella vieja máquina de escribir cubierta por una espesa capa de polvo y deteriorada por la dejadez y el paso de los años. Después de mucho tiempo había conseguido distanciarse de su viejo y fiel bloc de notas que siempre guardaba en el bolsillo interior de su chaqueta. Había sido una decisión difícil, pero ahora podía ver con perspectiva lo que entonces le había parecido una atroz violación de su cuadriculado y enfermizamente ordenado universo.

Que aquella autoimposición se llevara a cabo era prácticamente la única opción o, al menos, la única válida para él. De lo contrario pondría en entredicho su palabra y su fuerza de voluntad, y eso era algo que no estaba dispuesto a permitir. Al fin y al cabo él era la única persona a la que debía demostrar algo. Era una de las grandes ventajas de la soledad por la que había apostado.2635171-rusty-pestillo-de-edad-en-una-vieja-puerta-de-madera-de-jardin

Si algo sabía cuando cerro tras de sí la puerta del que nunca sintió como su hogar era que no volvería a traspasarla. La deteriorada y resquebrajada cancela parecía palidecer con su marcha y el pasador rojo, más oxidado y descolgado que de costumbre, se deslizaba estridente por última vez empujado por sus sus finos y largos dedos .

No hubieron lágrimas o últimas miradas nostálgicas acompañadas de suspiros como habría cabido esperar,  solo silencio, un nuevo y reconfortante silencio acompañado de una mueca de orgullo y decisión y el ritmo de unos pasos cortos pero decididos que se alejaban de aquellas cuatro paredes levantadas sobre un ya descuidado jardín hasta que hubieron desaparecido por completo a sus espaldas.

Como todo, había llegado el día en que por fin estaba decidido a cambiar su suerte, a liberarse de todo lo que no le dejaba avanzar,             

 a liberar su espalda del peso de aquella cruel infancia,

de los sueños frustrados,

de las decepciones,

del desamor,

de la vergüenza,

de la ira y de tantos otros sentimientos que habían acabado corrompiendo su esencia.

Era larga la lista de lecciones que la vida le había enseñado con su particular y dolorosa metodología de ensayo-error y le habían deformado por completo hasta el punto de no conocerse ni reconocerse a sí mismo. Era imposible distinguir lo poco que quedaba sin adulterar entre aquellos retales de personalidad plástica que ahora vestía como propia. El niño que fue había ido desapareciendo bajo los fragmentos que poco a poco habían ido dando forma a la nueva identidad.

Era bastante recurrente aquel sentimiento de desamparo. La sensación que se experimenta cuando el universo parece haberte dado la espalda una y otra vez hasta llegar a sentirse atraído por los seductores brazos de una soledad con la que acabaría congeniando hasta crear aquel mundo en el que solo coexistía con sus pensamientos.

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