Ella vive al otro lado

Enfrente.

A unos pocos pasos. Siete como mucho

Como cada mañana nuestro rellano sirve de pasillo y convierte en una sola su casa y la mía. Recién despierto en medio del fragor de aquellas frenéticas mañanas me lavo la cara y me aseo lo justo para vestirme y coger las cosas del colegio que un día mas he dejado preparadas la noche de antes.

Si algo me enamora dentro del estrés de estas mañanas de colegio es atravesar la puerta de su casa. Con solo cruzar el marco de la puerta de madera original puedo inspirar de su rutina la tranquilidad, el orden y la normalidad que le falta a mi todavía joven existencia.

Dejo mis cosas en el umbral de la puerta y entro en el salón. El de este lugar es un olor familiar y su calidez, que me abraza  irremediable y efusivamente, va acompañada de un profundo sentimiento de acogida. 

Sin duda, este también es mi hogar. 

Por el pasillo escucho a su madre avisarle de mi llegada y si guardo silencio incluso puedo apreciar el hilo obediente de su voz. (Como quiero yo a su madre como a una segunda madre. Y como la quiero a ella. Si soy completamente sincero, me resulta imposible imaginarme la vida sin esas dos personas que parecen haberse instalado indefinidamente en mi felicidad)

En cuanto está preparada entra por Sin títulola puerta blanca del comedor vestida con esa falda del uniforme que tanto aborrece pero tan bien le queda. 

Una vez acomodados en el enorme sofá llega nuestro ya tradicional desayuno: un enorme tazón de cereales de chocolate que desaparecen en apenas unos minutos por esa adicción al dulce tan propia de la infancia y con el perímetro de nuestras bocas oscurecido por un marrón oscuro a causa de la altísima concentración de chocolate empuñamos nuestras cañitas y  competimos por ver quién acaba antes (esa es una de tantas cosas que ha conseguido contagiarme: su manía de beberse la leche con una cañita)

Si hubiera pedido una en mi casa para acabarme el vaso de leche no habrían faltado las caras de desaprobación y algún comentario a cerca de lo estúpido de la propuesta. 

En nuestros particulares desayunos sobre la mesa de café nunca falta de fondo nuestra serie de siempre o alguna de su colección de cintas de David el gnomo o Pippi Calzaslargas. Es todo un ritual. No necesito mucho más. Su compañía me tranquiliza y me inmuniza. Los problemas del colegio se hacen pequeños cuando lo dejo atrás si tengo por delante otra de nuestras mañanas de siempre.

En su casa. En nuestro pequeño mundo. Donde no hay más normas o leyes que las que nuestras. El lugar perfecto y libre de pelígro para dejar volar nuestra imaginación.

Ella es mi vecina. No recuerdo exactamente el momento en que nos conocimos, pero por mucho que me remonte no consigo recordar mi vida antes de ella, aunque si recuerdo y siempre recordaré su cara con toda claridad y detalle. Su bondad. Nuestra inocencia. Nuestra confianza. Nuestra complicidad. Nuestra perfecta relación

Mi puerta es la de siempre y se que en algún lugar de la fría Noruega se levanta esa puerta que completa el otro lado del nuestro rellano.

Cada mañana es inevitable acordarme de ella mientras de la mano del recuerdo, traspaso una vez más el umbral de aquel 7°B y me adentro entre aquellas paredes impregnadas por el recuerdo de tantas risas, miradas y momentos vividos que hicieron de la nuestra la mayor y mas pura de las amistades. Una amistad de infancia. De siempre y para siempre. Ese tipo de amistad que vence a la distancia y hecha mano del recuerdo y el cariño cuando el tiempo se dilata.

Ojalá tenga todo lo que quiera y se proponga porque sin duda ella se lo merece.

Con unos ojos empañados por la nostalgia te doy las gracias.

Gracias por todo… 

Gracias por tanto.

Con MUCHO cariño: Tu pequeño vecino

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