Suicidio sentimental

Me extrañó la forma en que había asumido aquella segunda o puede que ya tercera vez, pero había algo en aquella derrota que era nuevo. Me di cuenta después de pocas frases de que no parecía ella. Bueno, dados los antecedentes, diré que simplemente parecía aun menos ella. Parecía realmente no poder soportar el peso de la menor responsabilidad o decisión. Parecía haberse rendido ante una depresión que durante meses la había ido apagando hasta dejar una luz débil e intermitente con el brillo suficiente para mantenerla con vida. Una vida sin motivaciones, sin risas, sin felicidad… Una vida atraída irremediable y secuencialmente hacia un vacío infinito. El vacío que reflejan los ojos de alguien que ha sido privado de cualquier forma de felicidad. Un vacío ensordecedor. Un silencio invisible.

Mi obsesión por recibir mas de la que parecía haberme dado ya mas de su debilitado 100% me cegó hasta tal punto que desde el que había sido nuestro banco en aquel parque alejado de las miradas de cualquier mente noctámbula perturbada y de la rutina de aquella gran ciudad la exprimí hasta que hubo gastado conmigo sus ultimas dosis de sinceridad, esperanza y ganas de vivir.

Lo que al principio parecían excusas ahora tenían una nueva y retorcida explicación. La búsqueda de aquel “porque” que tanto había minado mi autoestima había resultado ser algo extrínseco y, aunque en parte tranquilizador, resultaba alarmante.


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Maldito egoísmo. Aún puedo oír cómo mi alma se lamenta de aquel exceso y cómo mi corazón busca los pedazos de un todo que nunca volverá a estar completo. Todavía puedo oír rebotar el eco de aquel sonido que era yo desgarrándome y sentir la sacudida de unos músculos que rechazan el calor y pierden tonicidad hasta darse por vencidos ante el suelo tapizado con las hojas de un otoño tardío que parece preparado para el impacto.

Maldita ingenuidad pensar que los sentimientos pueden ponerse en una balanza y medirse con la misma vara que cualquier otra cosa, como si en su subjetiva esencia pudiera hallarse alguna característica que los hiciera mínimamente tangibles y susceptibles de trascender del plano emocional…

Que seductora aquella perspectiva cargada de inconformismo y precocidad que me hizo soltar aquella frágil mano para tentar un futuro de utopía alejado de nuestra complicada pero aceptable realidad.

Me di cuenta de la atrocidad poco después de que se pronunciara al respecto. Aunque puede que mi inconsciente previera el error de mi ensayo y me dejara continuar deliberadamente con aquella atroz reivindicación. Que estúpido fui al traicionar aquellos límites que aún no había acabado de delimitar mientras yo los destrozaba con demasiada confianza y me llevaba conmigo cualquier diminuta o remota posibilidad.

¿Lo peor? era completamente consciente de que sus inseguridades la harían decantarse antes por un futuro sin dolor que por las escalofriantes perspectivas de un nuevo comienzo que ya adivinaba sus primeros contratiempos…

Mi corazón aun paga los desperfectos del imprudente impulso mientras mi alma reduce temblorosa los rescoldos ardientes del repentino atrevimiento y mi álter ego busca abatido recuperarse del feroz suicidio sentimental.

Un último vistazo

Podría decirse que fue aquella noche cuando empezó todo, tecleando perezoso algunas palabras sin sentido con aquella vieja máquina de escribir cubierta por una espesa capa de polvo y deteriorada por la dejadez y el paso de los años. Después de mucho tiempo había conseguido distanciarse de su viejo y fiel bloc de notas que siempre guardaba en el bolsillo interior de su chaqueta. Había sido una decisión difícil, pero ahora podía ver con perspectiva lo que entonces le había parecido una atroz violación de su cuadriculado y enfermizamente ordenado universo.

Que aquella autoimposición se llevara a cabo era prácticamente la única opción o, al menos, la única válida para él. De lo contrario pondría en entredicho su palabra y su fuerza de voluntad, y eso era algo que no estaba dispuesto a permitir. Al fin y al cabo él era la única persona a la que debía demostrar algo. Era una de las grandes ventajas de la soledad por la que había apostado.2635171-rusty-pestillo-de-edad-en-una-vieja-puerta-de-madera-de-jardin

Si algo sabía cuando cerro tras de sí la puerta del que nunca sintió como su hogar era que no volvería a traspasarla. La deteriorada y resquebrajada cancela parecía palidecer con su marcha y el pasador rojo, más oxidado y descolgado que de costumbre, se deslizaba estridente por última vez empujado por sus sus finos y largos dedos .

No hubieron lágrimas o últimas miradas nostálgicas acompañadas de suspiros como habría cabido esperar,  solo silencio, un nuevo y reconfortante silencio acompañado de una mueca de orgullo y decisión y el ritmo de unos pasos cortos pero decididos que se alejaban de aquellas cuatro paredes levantadas sobre un ya descuidado jardín hasta que hubieron desaparecido por completo a sus espaldas.

Como todo, había llegado el día en que por fin estaba decidido a cambiar su suerte, a liberarse de todo lo que no le dejaba avanzar,             

 a liberar su espalda del peso de aquella cruel infancia,

de los sueños frustrados,

de las decepciones,

del desamor,

de la vergüenza,

de la ira y de tantos otros sentimientos que habían acabado corrompiendo su esencia.

Era larga la lista de lecciones que la vida le había enseñado con su particular y dolorosa metodología de ensayo-error y le habían deformado por completo hasta el punto de no conocerse ni reconocerse a sí mismo. Era imposible distinguir lo poco que quedaba sin adulterar entre aquellos retales de personalidad plástica que ahora vestía como propia. El niño que fue había ido desapareciendo bajo los fragmentos que poco a poco habían ido dando forma a la nueva identidad.

Era bastante recurrente aquel sentimiento de desamparo. La sensación que se experimenta cuando el universo parece haberte dado la espalda una y otra vez hasta llegar a sentirse atraído por los seductores brazos de una soledad con la que acabaría congeniando hasta crear aquel mundo en el que solo coexistía con sus pensamientos.

Soledad. Caprichoso sentimiento

Lo mas probable es que durante ese tiempo después de que me fallara evitara pensar en ella, pero la soledad es un sentimiento caprichoso que no entiende de verdades o realidades, que no entiende de medias tintas y tampoco de finales ni principios. Solo despliega sus alas sin calcular daños y propulsada por la esperanza, la ilusión y el deseo se eleva sin preocuparse del vertiginoso y doloroso descenso.roadtrip-elopement-22

Aquella sensación era diferente al rencor de otras veces. Aquella calle de doble sentido se había convertido ahora en un carril de dirección única: la decepción. Un carril asfaltado por la desagradable sensación de haberlo visto claro demasiado tarde, de haber creído darlo todo cuando en realidad no había dado nada. Una carretera que ahora se extendía irremediablemente hacia un horizonte de absoluta incertidumbre que mi experiencia definía como el callejón oscuro, estrecho y frió donde todo muere.

Aquel nuevo sentimiento nos incriminaba a cada uno con la parte de culpa proporcional al dolor que habíamos causado.

Ni mas

Ni menos

Parecía justo, pero de ninguna manera era algo tranquilizador. Ninguno sabríamos nunca en que medida la culpa fue de nuestra implicación o de la falta de ella, y aquellas dudas acabarían alimentando nuestras inseguridades y deteriorando aun mas aquellos ya minados y desdibujados sentimientos que tardarían tanto en desaparecer por completo.

Eran habituales los días de desgarradores e inquietantes silencios sucedidos por aquellos escasos aunque intensos momentos de sinceridad que hacían que mereciera la pena y daban sentido a aquello tan doloroso a lo que ninguno podría ni sabría poner nombre.

A pesar de todo me nega22EBD4D25EE9416B86DFCE3FCFC2BF37ba a dejarla escapar. Era algo que no podía evitar. Era involuntaria, impulsiva y casi enfermiza la forma en que la perseguía cada vez que se alejaba de mí. Si de algo estaba seguro, y eso era algo que pocas veces podía afirmar, era de que la quería en mi vida, no de aquella ridícula e hipócrita manera en que se terminaban las relaciones y los “afectados” buscaban aparentar entereza, sino de una forma que no sabría explicar. 

Sin quererlo aquel tira y afloja se había convertido en una parte de nuestra extraña rutina que nunca cambiaría por aquella bohemia soledad a la que había llegado a acostumbrarme”

Burbujas de ironía

Un brindis particular por esas personas:

Por las que dejaron que tantos sentimientos y palabras se quedaran atrapados en las pantallas de sus móviles. Por las que tachan de estúpidos y bordes a los que no pierden la cabeza con los emoticonos o hablan alargando las palabras al gusto.

Por los malentendidos que ninguna de las partes se molesto en aclarar. Por las que creen que las cosas escritas pueden sobreentenderse y por las que miden el valor de las relaciones en esa nueva unidad de medida internacional de la era digital que son las “palabras virtuales” que se les dedica.dsc7652snapseed

Brindemos también por las que piensan que “pasa algo” o “no es lo mismo” cuando la realidad deja de leerse y empieza a vivirse. Por las que siguen perdiendo tiempo delante de la pantalla del móvil para intentar convencer cuando se trata de demostrar. Por las que critican a las que preferimos la realidad a ese “limbo virtual”. Brindemos por todas las personas que prefieren largos textos a tardes de café y por las que se arman de valor detrás del móvil y se acobardan en el cara a cara.

Brindemos por la impersonalidad.

Brindemos con ironía y muecas de decepción, pero brindemos mientras disfrutamos del placer que supone no basar nuestra felicidad en esta pantomima de las relaciones con tintes de revolución,  modernidad y arrogancia.

Cuando era nuestro

Cuando nos salia solo. Cuando nos hacíamos los difíciles. Cuando nos perseguíamos. Cuando jugábamos a escondernos. Cuando alguno aflojaba para que el otro pudiera seguir tirando. Cuando dejábamos pasar los días para tener qué contarnos. Cuando teníamos la mejor parte.

Cuando nos alejábamos para volver a acercarnos. Cuando no pasaba un solo día sin pensar en el otro. Cuando los abrazos impulsivos iban acompañados de giros a cámara lenta.

Cuando dejaba de importarnos.

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Cuando la complicidad se valía de miradas. Cuando a un primer beso siguió un grito de euforia y a una de esas expresiones que lo dicen todo. Cuando todo nos recordaba. Cuando nos imaginábamos al lado del otro. Cuando parecíamos indecisos. Cuando teníamos detalles.

Cuando decíamos lo que queríamos decir. Cuando esperar no suponía un problema. Cuando solo nosotros sabíamos lo que había. Cuando nos preocupábamos. Cuando preguntábamos por preguntar. Cuando dudábamos. Cuando lo veíamos claro…

…Cuando era fácil…

…Cuando era nuestro.

Breve historia de un recuerdo

Recuerdo un momento de lucidez y un pequeño paso que se convertiría en el primero de una carrera llena de obstáculos, de dudas y caídas, pero recuerdo también como por primer vez no eran piedras lo que se interponía en mi camino, sino pequeñas pistas que me recordaban lo mucho que la necesitaba.

Recuerdo aquella puerta roja y una seguridad impropia de mí. Recuerdo dos caras enfrentadas. Dos bocas que habían consumido ya todas sus palabras y pedían a gritos un desenlace. Recuerdo sus labios con demasiada nostalgia y cómo mi mirada se hundía en lo mas profundo de aquellos ojos verdes. Recuerdo dos corazones acelerados por la incertidumbre y luego silencio, aquel esperado silencio.

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Recuerdo experimentar por primera vez en mucho tiempo ese tipo de felicidad que estamos poco acostumbrados a sentir y que todo el mundo se pasa la vida buscando. El tipo de felicidad que te hace gritar y sonreír, la felicidad que te ilumina y te hace sentir vivo. Recuerdo correr de satisfacción, de ganas de vivir. Recuerdo respirar un aire nuevo cargado de deseos, sueños y momentos a su lado. De miradas de complicidad, de cuerpos pegados y de besos robados…

En el mismo momento en que se rozaron nuestros labios comprendí la increíble verdad que se escondía detrás de aquella frase tan popular entre optimistas y enamorados: “la felicidad no se busca, se encuentra” y mi única prueba era ella. ELLA, que había llegado a mi vida como aquellas frases hechas que tanto había llegado a aborrecer: sin avisar, sin buscarla, cuando menos lo esperaba…

No me costó demasiado entenderlo. De repente me sentía completo. De repente aquella pieza que daba por perdida entre montañas de desconfianza y decepción volvía a completar aquel rompecabezas. La única pieza que parecía encajar perfectamente en aquel universo caótico en que durante tanto tiempo mis sentimientos habían nadado a la deriva…Me di cuenta poco después de conocerla de que no había nada que no me recordara a ella y de que habría pocas cosas que no pudiera superar recordando aquella sonrisa imposible de disimular que sucedió a aquel primer momento. Mi mundo desde entonces tenía un nuevo brillo, un color más intenso y el dulce olor de su cuello.

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Lo recuerdo, pero lo recuerdo breve. Fugaz. Efímero. Recuerdo lo poco que me dejó la vida saborear aquello que tanto había deseado, lo poco que tardó en quitármelo, como si me viniera grande, como si fuera demasiado, como si todavía no estuviera preparado para aquello… y yo, como el que corre detrás de un último tren, intenté convencerla de lo nuestro mientras todo aquel brillo iba apagándose hasta dejarme a oscuras, en una profunda y espesa tiniebla derivada de la autocompasión y la nostalgia crónica de su recuerdo.

Aquel día aprendí otra de esas lecciones que la vida te da a golpe de experiencia. Aprendí que hay cosas que tienen que ser sin más y cuando no son, es inútil perseguirlas o pretender que sean. Pude sentir como la ilusión y la fuerza abandonaban mi cuerpo y una vez derramadas por el suelo, se deslizaban entre los huecos de aquel astillado suelo de madera hasta desaparecer mientras mi corazón se encogía una vez más víctima de aquel dolor reincidente.